Ella viste como un cielo andino;
una blusa blanca bordada a mano con coloridas flores,
un largo anaco que perfila sus caderas como
cuencas llenas de tierra fértil.

Usa un cinturón tejido para llevar cerca la silueta de los Andes,
una washca que engalana su cuello bronce
y una chalina para revestir el peso de sus hombros
tras un día de trabajo en el campo.

Ella es heredera de la Pachamama,
pero cuando camina por las arterias principales
de una ciudad consumida por la decadencia
las puertas se cierran.

No puede visitar un centro comercial
porque los demás la sentencian con la mirada,
no puede tomar el transporte público
porque nadie le cede un asiento,
temen contagiarse de humildad.

Ella camina triste,
vulnerable ante los prejuicios y derechos caducados
de una sociedad condenada a una ceguera deprimente
de igualdad y no discriminación.

Pero ella es fuerte,
con el sol en el pecho y su piel de barro,
florece cada solsticio para dar luz, vida y alimento.
Ella es mi raíz, sangre e historia.
Mujer indígena tienes la lucha en tu mano
y un corazón ferviente de libertad.