El sueño nunca llega después de mi medianoche, los deseos nunca se cumplen antes del amanecer, el frío es amante de la soledad cada otoño y el insomnio es mi amigo más leal cada fin de mes.

Cuando todos caen a los pies de Morfeo, yo empiezo a recordar las cartas apocadas que nunca encontraron su destino; versos desordenados y adornados con una marca de labial color carmesí en forma de labios. No recuerdo cuantas misivas escribí, pero todas comenzaban con ‘Mi querida…’, tampoco recuerdo la continuación de esa oración.

Entre noches de vela y ojeras traviesas, encontré la única carta que no fue quemada, el último trozo de papel que renegué se convierta en pavesas. Al igual que las otras, iniciaba con ‘Mi querida…’, con ansías esperaba recordar a quien dediqué mis letras, pero olvidé como se pronuncia ese nombre después de diez años, una dislexia fuera de tiempo inmutó mi lengua.

Mis manos son torpes para el origami, pero tantos años de aburrimiento y sofoco en reuniones sociales me convirtieron en una experta en hacer barcos de papel, doblé delicadamente los extremos de aquella carta hasta convertirla en una escultura endeble.

Antes del amanecer, fui al río y coloqué mi frágil navío en sus aguas adormitadas. Siguió la corriente como un marinero sin brújula, lo vi desaparecer con la venia del primer rayo de sol y el único deseo que pedí en ese momento fue que mi paquebote arribara en mi norte extraviado.