En un escenario desgastado, las luces de neón perfilaban las siluetas de quienes se atrevían a interrumpir los pensamientos divagantes de cuerpos sumidos en la desesperación. En tiempos de caos y locura, la soledad se torna agradable hasta que, aquella dama, se enamora y se niega a salir de la alcoba.

En ese mundo de ilusiones menguantes, una mesa se encontraba ocupada por una señorita de sonrisas perdidas acompañada de varios cigarrillos ya consumidos, nicotina ajena al color de sus labios. Ensimismada en su propia confusión, la vibrante melodía de un saxofón invadió su intranquilidad. Levantó la mirada y atrás del micrófono una silueta de cabellos alborotados se tomó el escenario y empezó a tocar aquel instrumento eufóricamente.

Ella solo cerró los ojos y empezó a sentir aquellas notas danzando sobre su piel, su piel se erizaba a ritmos abstractos de improvisaciones musicales. Su cuerpo se iba convirtiendo en esclavo de la sonoridad. Poco a poco se iba desvaneciendo hacia un rincón de libertad, en donde, dibujó mariposas posadas en las aristas de sus temores.

Entre caricias armónicas y sonidos de deleite, la atracción de las miradas se vuelve titubeante y pícara a la vez, ella intentaba saber quién era la persona responsable de convertir esa noche de exilio en acordes de silencios y soles placenteros para los sentidos. Pero solo atisbaba la misma sombra difuminada en su delante.

La música se detuvo y antes de que los aplausos terminen aquel músico misterioso se marchó. ¿Quién es?, se preguntaban todos los espectadores de copas vacías. Ella, tímidamente, se convirtió en amante del eco que quedó resonando entre las paredes del bar y volvió a guardar una sonrisa para su regreso.