Entre los sueños y la realidad, la noche tomó un tinte ambiguo. El reloj se detuvo marcando el símbolo del infinito y el candor de la luna solo alumbraba la esquina más recóndita de la habitación. Asustada y confusa, esa luz fue disipando las sombras hasta delinear, sutilmente, la figura de un ser frío de Marte. Tenía características humanas; de talla media alta, cabello oscuro y piel abrazada por el sol.

Su rostro estaba dibujado con una simetría artística perfecta, en su mirada guardaba el origen de la noche; de una noche envolvente, embriagante y desafiante. Mantenía en su rostro una sonrisa inquietante pero adictiva. En la comisura de sus labios se formaban unas pequeñas comillas, aquellas comillas, que un día Benedetti las describió, y ahora, yo las estaba viendo tan cerca. Su cuerpo, era un templo profanado por cicatrices y huellas del pasado, en donde, recayeron cada uno de mis pecados. Y en el enigmático silencio, solo escuchaba el bombardeo de su cálido corazón, latidos que sollozaban mi nombre.

Pensando en nada y sintiendo todo, el tiempo dejó de ser relativo cuando el alba coloreó las nubes, ese tono arrebol me dejó un recuerdo enardecido en el pecho y un recuerdo gélido en la piel. Al sentir el sol entrar por la ventana, encontré un camino de pétalos marchitos desde mi cama hasta el lugar donde estuvo él, y en mi cuello, el mismo símbolo que marcó el reloj cuando todo comenzó.