Hay veces que la memoria te traiciona para que vuelvas a acariciar los recuerdos que se van quedando callados. Hoy me encuentro tratando de volver aquellos días, en los cuales, conocí por primera vez a la poesía. Apenas tenía 10 años cuando, de lejos, miraba y admiraba a mi abuelo. Él convertía al arte en su voz, una voz de lucha, desahogo e inspiración. Simplemente admiraba los perfectos trazos que realizaba en el papel al dibujar un frutero, me asombraba como de una simple sonrisa podía escribir los versos más prolijos y sinceros. También envidiaba su elocuencia porque desde pequeña la timidez es mi mejor amiga.

Siempre he considerado que cuando alguien fallece, lo enterramos dos veces. La primera es bajo tierra, como una semilla quebrantada por las lágrimas de sus personas más amadas y el segundo entierro, agrieta más el alma, porque nos deshacemos de la mayoría de sus pertenencias, como un acto de templar su ausencia.

Entre varios papeles dentro de un cajón encontré una pequeña libreta con apuntes sobre las pastillas que tomaba y en la penúltima hoja descubrí tres versos que se quedaron albergados dentro de mí. Desde ese momento, encontré en las letras un alivio, un abrazo y una intención. Sus manos de artesano y corazón de profesor me enseñaron, sin saberlo, que podía hacer magia al jugar con las palabras.