Soy la sal que acaricia tus pies de barro
cuando de rodillas te confiesas ante el mar,
entre arrecifes y un coral he guardado en silencio
tus lágrimas dulces hasta convertirlas en el norte
que me llevará de vuelta a las entrañas del maizal.

Perdí mi voz al seguir el canto áspero
de una gaviota, tras las huellas confusas
de aquel animal extravié mi horizonte
y cada uno de mis recuerdos descalzos.

El tiempo corre temeroso en el agua mansa,
los sueños se convierten en arena blanca
y esa arena marcha peregrina hacia algún lugar.

Solo espero que encuentres mi último verso,
lo dejé arado en esa frágil  línea que divide
el cielo con el llamado ausente de tu palpitar.