He de escribir
hasta que la tinta consuma mi mano,
se enreden entre mis dedos las raíces
que tejen mi apellido cada otoño. 

He de confesar
al bosque que la soledad me abandonó,
dejando en su lugar gritos, laberintos 
y las migajas de un poema jamás escrito. 

He de rezar
sin fe, porque las rodillas se cansaron
de besar el suelo hasta esperar la absolución 
de un pecado concebido sin culpa. 

He de recordar
tu último abrazo cuando el frío
convierta en escarcha mis huesos
y lleguen al norte en la boca de una gaviota. 

He de convertir
mi último recuerdo en una ciénega
porque mi piel ya no huele a primavera. 

He de negar 
que no dolió ser poesía 
en tiempos que no calzan más
en la memoria de un cerezo. 

Y antes de caminar hacia el mar
he de ser el réquiem que promulgue
estas promesas olvidadas en una pecera.