Después de correr más de una hora llegó a ese lugar donde las nubes acarician a las montañas, su cuerpo cansado iba entrando lentamente en un estado inerte, en esa colina sus memorias se convirtieron en semillas, sus huesos se transformaron en raíces de un árbol ornamental y su último aliento abriga la deforestación de aquellas tierras inanimadas.

Su tronco creció en menos de un día, y a partir de ese momento, aparecieron setenta y nueve ramas en intervalos de tres noches de lluvia, brotaron flores de color violeta y cada una escondía un negativo de sus recuerdos, desde la primera vez que sonrío hasta la decadencia del brillo de su mirada.

Faltando seis noches para que termine el mes de abril, el árbol florece a la madrugada antes que termine el invierno. La historia que susurra es un guion de líneas cósmicas y adjetivos mundanos de aquel que dejó su cuerpo reposando en la pista de baile de las auroras boreales.

Cuando llega el ocaso, esas flores se convierten en pájaros jacarandas que emprenden su vuelo hacia Plutón, como guardianes del olvido trascienden hasta un infinito perdido para volver después de trescientos sesenta y cinco albas de café amargo.

Fotografía: Daniel Alajo