En un prostíbulo de versos improvisados
el arte no era decadente de las etiquetas
y los artistas se desquiciaban por la forma de los poemas;
figuras desnudas de bragas y almas enamoradas.

Con la casa llena de poetas y locos,
de copas llenas de vino tinto, y,
de vasos de cebada fermentada,
lo observé  desde un rincón,
él no sabía que lo estaba escribiendo
mientras seducía con sus líneas dramaturgas.

Su recuerdo se desvanecía
al mismo ritmo de una botella de Malbec,
él era un poeta de terno,
el anfitrión de una liberación de letras no publicadas.

¡Poeta encantador!, ¡Poeta vanidoso!
Pretendía que los ángeles y las musas
se enamoren de su poesía de libreta.

Vendía su cuerpo en versos confundidos
para rentar el infierno, su infierno
como un paraíso de noches eternas.

Tal vez, la soledad lo envuelve
o estará sumido en un cigarrillo,
tal vez, está roto
o esperando un café pendiente.

Pero no importa, no sé quién es,
no lo conozco, solo recuerdo su nombre.
¡Poeta de sangre, huesos y carne!

Antes de terminar mi último verso, me susurró:
¡Nena, ten cuidado que mis demonios pueden apagar tu fuego!