Me enamoré del agua, del silencio
y de las montañas cuando me contaron
que el cielo es el reflejo, en relieves nubosos,
de un horizonte tardío.

Los secretos de la naturaleza se los descubre
mediante bocetos trazados de tierra y viento,
mediante versos compuestos por sed y rocas,
mediante historias narradas con vino y miel.

Me enamoré del punto de quiebre
entre el llanto de los cañones al recordar su vida
y la paciencia de las flores que abrazan el frío,
una balanza entre ser libre y pretender serlo.

La tierra árida sigue el rastro del sol
en tiempos de memorias desgastadas
y los surcos matizan de nostalgia las paredes
de un volcán ahogado por la sal.

Me enamoré de aquellas aguas que pintó Bóreas,
su callado transitar por un cráter me recordaba
un quince de mayo, cuando, “los gemidos proliferantes
de cuerpos sin almas saturaban el cielo y
el ocaso se vistió de flashes agudos.”

Un desquicio verde sinople en la mitad del limbo
cuando los Andes me susurraban sus secretos
después de medianoche.

Me enamoré de sus contrastes cuando al caer el sol,
las nubes peleaban con las estrellas
para ser parte de sus profundas aguas,
el oeste se satura con el atardecer
mientras que el este espera su alba.

El invierno siempre está presente en aquel lugar,
su gélido viento del norte palidece la piel
pero abriga las entrañas con sus inquietantes caricias.

Me enamoré en circunstancias atípicas,
una pasión en estado líquido por la vida
a merced de aquella dama, la poesía.

(En éste lugar me volví a enamorar de la vida, en el Quilotoa)