¿Qué hora es?,
no lo sé.

La noche aún conserva
un espesor reticente.
El frío acaricia mi cintura
de una manera tan delicada
que su roce despierta en mi memoria
un atardecer con aroma a tierra mojada
entre cañaverales lejanos.

Cierro los ojos,
pero mi cuerpo vibra por la cafeína,
el desvelo en este lugar no es un visitante más,
es el testaferro de la soledad.
No lleva un libro de cuentas pendientes,
irónicamente, siempre camina
con un atrapasueños colgando de su cuello.

Hay noches en las cuales siento
que me consume la tinta
de mis versos desalineados.
Todavía me pregunto,
¿por qué sigo escribiendo a medianoche,
si dejé de leerme después de mi tercer epitafio?

He vendido sueños húmedos
por un par de líneas acústicas,
esperando encontrar el ritmo ausente
de mis pasos.

El tiempo consume mi voz,
pero aún conservo la esperanza
de encontrar un amanecer
debajo de alguna hojarasca.