En el mercado se subastan muñecas
de porcelana con vida, pero sin alma,
cuerpos perfectos despojados de su inocencia
mientras son idolatrados por mercenarios miasmáticos.
Ellas son muñecas prefabricadas con tallas perfectas
que fenecen la exquisitez de la belleza con su mustia desnudez.

¡90-60-90!
Todas son diseñadas a imagen
y semejanza de la complacencia carnal;
labios de fresa, senos de silicona, y
curvas que retan la sensualidad de una guitarra.
¡Hermosas y deliciosas!,
pero sus miradas carecen de vida.

¡Flores de jacaranda caen firmes en tierras húmedas!
como las mujeres lunares, esculturas orgánicas,
no se conforman con versos baratos, ellas tienen magia en su umbral;
en sus gruesos muslo están cinceladas las olas de mar,
sus pechos imitan la elegancia de los Andes
y sus curvaturas no tienen miedo a disimular
la peligrosidad de la femineidad.

Las he visto llorar mientras
sus ojeras se iluminan en cada despertar
y las cicatrices de su piel reverberan
como escarcha después del anochecer.

No son perfectas,
ellas olvidan el pasar del tiempo con una sonrisa,
juegan con la asimetría de sus cuerpos para lucir como diosas.
Son musas y artistas en tiempos volátiles,
son tierras fértiles escondidas en parajes sin gravedad.

¡Ellas no son de plástico, ellas son de fuego, barro y miel!