Existe una vacante en el cielo
desde que la luna renunció a ser musa
de cualquier bastardo llamado poeta
para ir en busca de la mujer de cabello corto.

Recorrió calles muertas disfrazadas de alamedas,
la ciudad se convirtió en un escenario
de alquiler de vírgenes rotas y
perfumadas de nicotina barata,
la noche, ya no era más, un cielo compuesto
de sonetos y canciones desesperadas,
solo era un anfiteatro de copas a medio beber.

Aquella selenita solo quería encontrar su historia
antes que la gravedad la traicione, una vez más,
¿En dónde estás mujer de cabello corto?,
esta ciudad desahuciada solo se viste alegre
por los letreros sin rima de neón
y las sonrisas seductoras de ninfas perdidas.

Luna, luna, luna,
estás tan lejos de tu hogar y
a un paso de llegar a Nunca Jamás.

Ella dejó de hurgar entre bares y pieles,
caminó hasta la última calle
donde las perros no ladran,
solo son testigos fieles.

Entró a un cuarto de paso,
en la cama estaba su mujer de cabello corto,
al contraste de una luz tenue resaltaban
los bordes de sus mallas negras,
simplemente lucía hermosa.

Sus curvas se reflejaban como vías peligrosas,
los montes y valles de su cuerpo retaban
a la perfección del horizonte.

Al fin la encontró, envuelta en sábanas usadas,
era quien un día le dedicó el mejor poema,
estaba ahí en el espejo, asustada.

Nunca supo que ella es,
es el papel y lápiz de este verso.

 

Fotografía: Daniel Alajo