Ella tiene quince años de primaveras inocentes, dos décadas de romances fugaces con jinetes sin cabezas, más de cinco mil días de tejidos y costuras, cincuenta y cuatro meses de ser tierra fértil y lleva más de una vida siendo la dama de antaño.

Su piel surcada con porcelana es como una obra de arte para ser subastada al mejor soñador, sus cabellos de plata reflejan la vanidad de una mujer resiliente al pasar de los años y los daños cautivos, su sonrisa color blanco perla es un deleite de complicidad y la firmeza de su mirar, al ser una mujer de cualidades victorianas, la convierten en el verso pendiente que siempre faltará en mis poemas.

Pero, ¿quién es ella?, cada mañana la veo sentada en el balcón de su casa, como un pajarito con el canto ahogado por las arrugas de su voz, como una estrella de mar que aún se rehúsa a volver a ser arena.

Ella va olvidando sus recuerdos en cada paso, va dejando atrás las promesas que no pudo cumplir, va secando las lágrimas que no pudo llorar pero nunca dejará de ser la dama de antaño que arde más que un sol eclipsado.