Julieta dejó de ser la damisela de un cuento trágico cuando terminó su copa de agua mineral y se preguntó, después de cada rosa de conquista, de cada chocolate semiamargo, de cada frase de servilleta. ¿Qué queda?

Después de aquellos días de cortejo, de risas traviesas por un beso robado, de noches de secretos, de cartas de papel con aroma a café y sentimiento, solo queda vestigios de días de alba y suspiros,  solo queda una mujer fuera de una historia de líneas dramaturgas.

Julieta empezó a contar sus sueños al cielo nocturno, desde el balcón se confiesa ante el ocaso mientras Romeo juega con su terno mate de alta costura. Ella empieza a amar la soledad y él sigue, simplemente, distraído.

Sus versos se convirtieron en simples palabras, prosas escuetas y delirantes, el tiempo comenzó a detenerse en el último beso y las mariposas que vuelan en el estómago se van quedando sin alas, ni color. Pero ella aprendió a pintar.

¿Y qué queda ahora?, escribe en su diario mi amada Julieta.

-Idilios convertidos en anillos y anillos transformados en metal de compromiso. – le contesta la noche.

Pero ella, no quiere un pedazo de metal de compromiso, Julieta quiere ser el  verso libre que nace de cada lunar que alberga su piel, su propia piel.