No le rezo a santos, ni confío en cristianos
mi fe no se vende ante la magia acústica de sus manos.
No pido deseos a estrellas fugaces y
tampoco macero mi alma con agua bendita
para la última cena.

No creo en compromisos firmados
con tinta azul y dudo de la dulce retórica
de las historias que empiezan con ‘había una vez…’
No subasto mis letras en prostíbulos poéticos,
ni tomo café antes de medianoche.

No miento cuando escribo
porque al escribir acaricio heridas aradas en mi piel,
tengo amores secos entre los dedos
y un péndulo agraviado en el pecho.

Admito ante el silencio de la noche que
mis piernas se convierten en barro
bajo la luz de una luna morena, ella besa mis miedos
y me recuesta en su regazo cada menguante.

Me confieso de rodillas,
promulgando su norte
como un centinela para mi regreso
y eximo mi mustia existencia
en el humedal de sus selvas sureñas.

Estoy al borde de un horizonte caprichoso,
revestido de sal y sahumerio,
esperando encontrar una zamba para olvidar
mis más dulces sueños.