Ante la mirada dilatada de un gato, los secretos de la noche empiezan a develarse. El estrépito divagar de la rutina va cesando entre pasos tardíos y motores acelerados, el caos se convierte en una sonata compuesta por el ayer, el frío y los estragos que deja el caminar del tiempo en las clepsidras averiadas.

Pero, ¿qué pensamientos atraviesan la mente de aquel ser curioso?, lo veo sentado en la banca de un mirador. En silencio, sus ojos se han quedado hipnotizados en las luces artificiales de una arteria de concreto desolada. Pasan más de cuarenta minutos y sigue admirando un horizonte extraviado que no puedo contemplar.

No se inmuta por las carcajadas pasajeras, ni se esconde de los ladridos desesperados de perros rabiosos. Solo permanece en ese lugar con sus pupilas encendidas. Quizá recuerde la esperanza del violinista en el tejado o los gritos ahogados de una joven en el fondo de un callejón solitario.

¿Cuántos años han transcurrido desde que lo abandonaron? No lo sé, pero no importan los años, solo las cicatrices que se esconden bajo su pelaje negro, aquellas impresiones profundas relatan el desquicio de una ciudad sumida por la falta de un amor propio.

Reconozco en esa mirada la complacencia por la soledad, pero también reconozco en su maullido el reclamo austero ante los infortunios de la vida. Aquel gato solo busca consuelo en el regazo de una luna menguante, solo busca abrigo en la desnudez de un pecho marchito para calmar los ronroneos íngrimos de su séptima vida.