Leer es un escape, te permite expandir tu mente hacia nuevos horizontes. Cuando lees entras en una comunión entre el sentir y el ser. Un libro en la mano es un arma muy poderosa porque te convierte en una persona crítica y propositiva. La lectura despierta todos los sentidos e incita a la imaginación a construir escenarios de libertad.

Antes de escribir poesía debes aprender a leerla; profundizar entre líneas y permitir que cada verso seduzca tu raciocinio para cuestionar el quién eres hasta volver a avivar esa capacidad de asombro que se va adormeciendo a medida que vamos ‘creciendo.’ Así de simple y a la vez complicado es someterse a un libro de pretensiones retóricas. La poesía tiene la habilidad suspicaz de transgredir la piel y estar al servicio de la serotonina, pero cuando encuentras un punto de inflexión actúa como placebo para someter la realidad a través de la palabra.

Un solo poema puede trastocar la percepción de una manera perfectamente incomprensible. En lo personal, he concebido la llegada de la poesía a mi vida como una casualidad llena de intención, como lo dijo Benedetti alguna vez. Escribir poesía me sirve para comunicar de mejor manera lo que siento y pienso. Es mi terapia personal de auto-descubrimiento e incluso es una adicción que me mantiene lúcida ante los agravios de la cotidianidad.

La poesía es mi dama ultrajada, como la describí en alguno de mis poemas. La respeto en fondo y forma. La defiendo de poetas irreverentes que se mofan de su exquisitez. Su influencia no es más que la vibración que altera, ataja y dulcifica la vida.