He pasado intranquila desde su última visita. Cada noche sueño con su mirada, una mirada penetrante que logra enardecer mis miedos y acabar con mi voluntad por completo. Lo confieso, no tengo miedo, sentirla cerca acelerada mi palpitar y excita mis sentidos.

Tiene un carácter flemático acompañado de una sonrisa irreverentemente delicada. Tiene tantos nombres, es una de las Parcas, la muerte o la musa del averno, pero para mí, es la dama de velo negro. Una estrella fugaz que cada año me concede un deseo y mi único deseo es volver a conversar con ella cada treinta de agosto.

Ayer encontré el vilano que me entregó hace trescientos sesenta y cinco días, reposaba debajo de mi almohada. ¡Irreal y extraño!, pronto llegará, y esta vez, no deseo esperarla con las manos vacías. Pero ¿qué se le puede ofrecer a una dama tan distinguida?, sé exactamente lo que desea, y entre promesas claudicadas y sonrisas retóricas, el agravio de jugar a la ruleta rusa con ella es un placer para servirse a sorbos cortos.

El frío de la noche no perdona a quienes abrazan fielmente la soledad. La esperé en mi habitación, tenuemente iluminada por la luz de una luna ausente. Sentada en una mesa improvisada coloqué una carta, el vilano sumergido en una copa de vino y un denario de madera.

La impaciencia nunca cede ante el ludibrio andar del tiempo. Después de unos minutos, el silencio comenzó a tranquilizar los susurros foráneos del ocaso y a domesticar mis delirantes pensamientos. Ella llegó, se sentó en frente de mí, y sin mimarme, comenzó a leer la carta. Al terminarla alzó la vista y sus ojos reflejaron un desdén arbitrario. Sinceramente, no esperaba más, le dediqué un poema inconcluso, sin rima y lleno de anáforas pretensiosas.

Se levantó de una manera violenta, se tomó la copa de vino sin pausa y colocó el denario en su muñeca izquierda. No dijo nada, ni una sola palabra. Dio tres pasos cortos y desapareció. Tal vez la ofendí o gané, por primera vez, en su propio juego.

Solo espero volver a verla pronto, mientras tanto, seguiré escribiendo versos desalineados y retazando mis memorias caducadas en un viejo cuaderno hasta mi próximo solsticio.