Quédate en silencio
y espera la llegada
del amanecer entre
mis brazos.

Déjame recorrer tu pecho
con los versos escondidos
en mi lengua,
déjame descubrir
el cielo, atrapada
entre sedas.

El calor de tus labios
reverbera en mi piel,
mi piel se vuelve escarcha
a merced de tu desnudez.

No digas mi nombre,
no prometas la eternidad,
solo guárdame en tu memoria
como un poema de sal.