Otra vez como ayer, como hace un mes, el insomnio te despierta en las madrugadas, los pensamientos asesinos apuñalan tu cerebro, la taquicardia golpea el marfil de tu pecho y tus nervios se diluyen en un té de valeriana.

Apoyas la frente sobre tus manos: sollozas, suspiras, levantas la vista al cielo raso, escondes tu rostro en la almohada. Buscas un cigarrillo y encuentras las cartas de los días distantes, envueltos en esencia de rosas y algunas polillas que carcomen las horas.

Dejas caer al vacío las hojas, los recuerdos en un pozo sin fondo. Lloras, recorres con tus manos anémicas mi ausencia que duerme entre las sábanas yertas.

Otra vez como ayer, como hace un mes, el sofá es el cómplice recóndito de mis desvelos, de mi desdicha, del veneno mordaz que corroe mis venas, de las lágrimas que se embriagan en el vodka agraz que lástima mi paladar.

Hace un mes que le hacemos el amor a la indiferencia. Mojas tus ganas con los deseos reprimidos en tus dedos y yo desfogo mis ansias masturbadas, en la ventana.

Pero, qué fue lo que nos sucedió, por qué dejamos crecer hiedras venenosas en nuestro jardín. Luego de cinco años de feliz matrimonio recién ahora veo el lunar sobre tus facciones, me disgusta la forma como recoges tu cabello en un moño hirsuto, tu forma de vestir desaliñada y me sabe amargo el café que sueles hacer.

Cada mañana escondes tus lágrimas tras el rímel que delinea tus pestañas, tras el maquillaje que borra las arrugas de tu cara y  el labial que le devuelve la sonrisa a tus glaciales labios.

Yo en cambio mato mis angustias por la madrugada, entre los libros de Russell y Schopenhauer; entre los fantasmas que corren las cortinas de mis desvaríos, en las letras que aúllan los versos de Baudelaire y alguna aspirina que calme la migraña.

Luego saldrás a la calle con aquel vestido rosa que te llega a las rodillas para robarte un suspiro de algún corazón esquivo, una mirada lasciva que te haga sentir deseada, que tus caderas aún son un cántaro cósmico de fantasías prohibidas que terminan siempre en la cama.

Seguramente debes tener un amante, que te devuelva el sabor a vainilla de tus gruesos labios, que descubra el punto g con sus dedos, que aprisione tus senos con sus dientes. Debes tener ya un amante que lama tu cuello, tu ombligo y tus talones y te haga el amor atada a la cama, como la primera vez, aquella tarde de domingo…

CINCO AÑOS ATRÁS…

El sol trasgredía las esquinas de la alcoba, el ambiente inundado de incienso de menta, velas rojas encendidas alrededor de la cama y el concierto de Mozart entre las rendijas de la sala.

Uno, dos, tres cuadros de mujeres desnudas colgaban de la clámide de las paredes. El ruido de la ciudad se encerraba en los zapatos de la rutina que huía entre los perros y tu pudor apenas cubierto por una tímida frazada.

Tu vergüenza sonrojaba la piel cubierta de incertidumbres, tus dedos crepitaban en compás desmesurado sobre tus manos. Tu cabello se desenredaba como cascadas en torrentes vertiginosas en la almohada. Era la primera vez que un extraño conocido te miraba completamente desnuda, tenías miedo y a la vez era grande tu deseo.

Te vendé los ojos con un pañuelo blanco, empecé mis besos en la frente y se desgastaron en las uñas de tus piececitos núbiles. Algunos suspiros empezaron a ahogarse en la afonía lúgubre de aquel crepúsculo ajeno.

Tomé una vela y dejé caer su cera caliente por la línea media de tu cuerpo que se estremecía en un rictus de adorable pasión, mordías con fuerza tus labios al sentir tan ardiente dolor. Con la yema de mis dedos aprisioné cada recodo de tu epidermis de verano, absorbí cada gota de sudor que resbalaba por tu pubis y un suave murmullo ronco se desprendía de tus poros.

Tus ciegas manos empezaron a leer mi cuerpo con recelo, propio de un aprendiz de inocente furcia, de una geisha o de una odalisca y se detuvieron en la mitad del firmamento a empuñar mi falo enhiesto que miraba hacia la infinidad.

Te recostaste de lado, colocando tus amplias caderas sobre el velador de mi pubis.  Presioné tus senos y tus muslos con ternura, henchido de pasión, de zozobra, de soledad. Coloqué tu pierna derecha sobre la mía y penetré lentamente la rosa mojada por la lluvia de noches estivales, oculta bajo tu vientre. Le arrebaté al cielo su vestido de grana y cubrí tu piel desgarrada por el almíbar de los sexos.

Cuántas veces mi semen inundó de placer tu cubil amoblado de planetas, hasta llegar a un interminable orgasmo sideral…

Pero mis celos absurdos, mis complejos y prejuicios irrumpieron mi tranquilidad, aniquilaron mis nervios y empezaron a beber café mis largas horas de sueño. Cada minuto que estabas fuera de casa era una duda que me acechaba, una pregunta que te asesinaba, una culpa que me recriminaba. No entendías por qué.

Tu rímel y tu labial me parecieron vulgares, el desayuno y la cena me sabían agrios cuando hasta ayer eran los más deliciosos manjares preparados por tus manos.

Por las noches tu piel era un almizcle de inapetencia e impotencia. Ya no hacíamos el amor.

Debes tener un amante, lo delatan tus ojos, lo grita tu silencio, lo calla tu indiferencia. No puedes ocultar bajo las sábanas o las blusas de seda la luna que empieza a variar sus fases en el éter añil de tu maternal locura.

Querida mía:

Hace un mes nuestro amor fugó por los resquicios de la ventana. Se llevó consigo los claveles rojos, los poemas de noches enfermas, un pan y una botella de leche y sólo dejó heridas que como púas se incrustan en nuestras almas.

Tu orgullo y mi esquizofrenia; tu cigarrillo y mis libros crearon un abismo entre nuestros cuerpos. Yo rompiendo mis puños en la pared desangrada, tú llorando frente al espejo, roto por las lágrimas. Pero sé que tienes un amante, alguien que en cada encuentro fugaz desviste tus penas y las convierte en violetas; alguien que moja tus labios con sus besos iracundos y te hace delirar al colocar sobre tu piel el orgasmo de sus años.

   Ya no quiero herir más tus días, humillar tu belleza, despreciar tu devoción, porque simplemente eres santa y no mereces un cobarde por esposo, alguien que todavía no alcanza su etapa de adulto y vive condenado en su infancia, haciendo llorar a las magnolias. Además, no es justo acortar tus pasos ahora que tienes un amante. Me voy sin nada, te dejo como regalo de bodas todos mis libros. No tendrás que esconderte para acariciar la providencia que ocultas en tu vientre, por cierto, sobre la mesa dejo algunos nombres, elige el que más te guste para tu hijo y el de tu amante.

Atte.

El que un día también fue tuyo…

 

Autor: Carlos Santiago Quizhpe Silva