Te encontré bajo el arcoíris de la noche exangüe. Tenías el rostro desvaído y el silencio convertido en cicatriz. En lontananza el vaho de los grillos empañaba de nostalgia los glaucos espejos de la luna y en tus estremecidas manos desangraba la razón.

Tus cabellos rojos eran una encrucijada de fobias y novelas, de crucigramas y tequilas. Un destello titilaba en los jades verdes de tus ojos, era el reflejo inquieto e incesante de un microcosmos que había roto el conjuro de las serpientes, los eslabones del espacio para adormecerse en tus brazos. Era la unión de Júpiter y Marte; de Aries y Sagitario; de la histeria y la paciencia. De un libro y el humo de un anoréxico cigarrillo.

Con pasos de gitana errante colocaste sobre mis manos un clavel que se abrió con el sereno, un par de pómulos azules que le despojaste al crepúsculo de la tarde, una gota de rocío entre las páginas del Principito, una manzana y un escarpín.

Sus ojos se posaron en la ausencia de los míos y, envuelto en una burbuja, apreté su imperceptible cuerpo en el campanario de mi pecho…

La mañana amaneció cubierta de jacintos y astromelias, sobre los arupos aún dormían los zorzales y en una amapola se enajenaba un picaflor. En las riberas del lago, en cuyas aguas dormían las sombras de los sauces, el murmullo de las mariposas y las doradas plumas de las ocas me esperabas con un libro y una duda deshojada en tus labios.

***

Dos años atrás…

El ábrego ceñía el vestido a tu cuerpo al relieve de tus formas perfectamente delineadas y al pequeño triángulo invertido que se formaba bajo tu abdomen.

Fui de prisa hacia tus brazos con un poema tejido de lágrimas violetas, con una ilusión que despertó en la madrugada, y un violín que le robé al faquir de tus sueños.

Tomados de las manos corríamos como unicornios por la verde pradera; tú perseguías gusanos de seda, yo las agujas del reloj enclaustradas en un alelí.

Mis veinte años volvieron a florecer abriles en el celaje de tus días. La soledad de tus treinta y cinco se tornó en la felicidad incontenible de un corazón de quinceañera; volviste amar con la curiosidad de una pequeña oruga que empieza a descubrir el mundo cuando mira al horizonte.

Soltaste tus trenzas y dejaste caer tu saya sobre el césped. Levantaste las manos y tu cara hacia el cielo; luego giraste tu cuerpo desnudo alrededor del sol.

Te recosté sobre un manto de pétalos nacarados, levemente besé tus cejas y mordí los lóbulos de tus orejas. Mis manos se llenaron con tus senos y mi lengua se deslizó por la mitad de tu vientre, lamiendo la miel que las abejas derramaron en tu epidermis.

A lo lejos un par de equinos pacían indiferentes a nuestros gemidos, a nuestros relinchos que eclosionaban en el ambiente envuelto en un aroma a mangos y duraznos en flor. En cada beso, en cada segundo que tu corazón naufragaba en el océano de tu sexo, mi esperma errante, ansiosa, peregrina, buscaba refugio en el cubil de tu vientre para tallar con sus manos, en mórbido marfil, el reflejo de mi aura.

El fuego de tu piel calcinaba mis labios en tus muslos de cigüeña, mis años mozos maceraban tu cuello con mis huellas y mis dedos escribían un haiku entre tus piernas que se alargaban como enredaderas sobre mis hombros.

Una sonrisa de leche envolvía mis sentidos; un niño jugando con su pelota y volando por el aire asido del hilo de una cometa me perseguía cada vez que trasgredía tu pudor y las sábanas de tu cama vacía. Pero mis estériles espermas se suicidaban antes de germinar en tu cielo rosa.

Te colocaste de bruces sobre la hierba, algunas flores cayeron sobre tu espalda, me ubiqué de rodillas detrás tuyo, te tomé de la cintura y…

Tus sollozos irrumpieron mis desvaríos. La luna besaba tus ojeras y tus labios estaban a punto de morir. Mis lágrimas rodaron por las mejillas de la pequeña ánima que comenzaba a vivir.

Con mis manos peinaba un par de cabellos de su cabeza calva y escuchando el mar quiso sonreír.

Me acerqué a ti como si fueras una perfecta desconocida, evadí tu mirada y te abracé mientras caminábamos a la alcoba.

 

Autor: Carlos Santiago Quizhpe Silva