El mar despertó en la alberca de mis manos: libre, travieso e infinito, que huye intempestivamente por la comisura de mis dedos y se aloja en el corazón de una caracola, donde puedo oír su alucinante murmullo.

Aún sigues dormida bajo la sombra celeste de la brisa, bajo el torbellino de hojas secas que ha levantado tu letargo; bajo las huellas del reloj que marcó tus pasos en la tibia arena y se han detenido a mirar de cerca el ocaso.

Quisiera entender por qué huyes del vientre acrisolado que acunó el espacio para tus alas, por qué te refugias tras la garúa que resbala por las dalias y te desvaneces bajo los pies de la distancia. Pero sigues ahí, adormecida en tu indiferencia, que ha empezado a crecer musgos sobre tu cuerpo.

Una mariposa revolotea sobre mis sienes y se detiene a contemplar la rosa azul que despertó cuando corrías presurosa tras los pasos del olvido, buscando hallar en su vórtice vacío alivio a tus respuestas, a tu martirio, a tu delirio.

¡Despierta ya mi princesa! No dejes mis palabras flotando en el ángulo gélido de la locura. ¿Acaso murió la pasión como un relámpago en medio de la playa?

Todavía no entiendo cómo llegaste a quererme con tal vehemencia que me regalaste un minuto de tu vida para vivir atado a tus costillas sempiternamente.

Yo era un simple vagabundo, un histrión triste que divagaba por la playa, un fantoche de la histeria que en algún rincón tocaba las cuerdas de una guitarra.

Tú, en cambio, eras la luz destellante de todos los astros, en tus ojos ardía el fuego de la vida, en tu sonrisa nacía a cada segundo un segundo de alegría y a tus pasos florecían los gladiolos.

Eras un raudal desbordante de ternura, la paz que mataba en mi alma el tedio que la envolvía, y te cubría de besos sin evitar que las lágrimas maceren mis mejillas.

Una noche de febrero tomaste mis manos y señalaste al cielo, había muchas estrellas rosas y una luna de marfil en su centro.

Lo que puedes ver, sentir, amar y soñar. El sol, la arena, los zafiros, los árboles que cobijan tus penas, las aves que dan armonía a tus mañanas. Todo eso lo creo un ser infinito que nos ama y es Dios, musitaste despacio en mis oídos.

Me enseñaste a rezar el Pater Noster, a convertir cada lucero en una oración. Por primera vez tuve fe y creí en la eternidad, en aquel espíritu traslúcido que se refugia en algún lugar del universo. En el alma que fuga del cuerpo inerme y en la soledad que se desvanece en el eco de las alas.

En una tarde gélida de agosto, cuando el invierno golpeaba con furia los cristales de las ventanas y el calor de la chimenea abrigaba los fantasmas de la casa, mis manos curiosas se deslizaban por tu vientre, descansaban en tus senos y se internaban en tus muslos.

Derramé cien uvas sobre tu desnudo cuerpo, cien besos devoraron tu piel y esgrimieron vino sobre tus labios, mientras mi lengua absorbía de tus pezones un cóctel de licor a menta. Penetré tu infinito espacio y conocí de cerca aquel halo turquesa que dormía en tus ojos y escuché la frenética melodía que irrumpía tu pecho.

Jadeante de deseo, henchida de gemidos, la luna tuvo un orgasmo al contemplarte de espaldas agitando tus caderas sobre mi pubis…

***

Pareces oír mis palabras, incluso una tímida sonrisa quiere despertar en tus labios. El alba ha vuelto a renacer en tus pupilas y siento tu mirada estremecer de ternura mi relativa calma.

 

Autor: Carlos Santiago Quizhpe Silva