A veces las cosas cobran sentido cuando suceden. Mientras exista la posibilidad de lo opuesto, se mantiene la esperanza de que todo vaya bien de algún modo. Estoy sentado en la silla metálica de la sala de espera de la clínica. Su frío atraviesa los jeans y se cola hacía mi estómago, siento los retorcijones acumulándose en mis tripas. La televisión de pantalla plana transmitiendo los programas de farándula con mujeres sumamente operadas. ¿También le sucederá lo mismo a esa gente? Todo puro y estúpidos. Con la estupidez encima no es posible que te contagies o al menos no tienes clara la mierda que te has embarrado en el cuerpo.

Es la tarde de un miércoles. Apenas y puedo estar despierto, llevo encima una jornada de ocho horas frente la computadora escribiendo la realidad.

¿En qué estaba? Pues sí, trabajo ocho horas escribiendo sin parar.

La recepcionista busca mis resultados de laboratorio entre un montón de lo mismo. ¿Qué tan complicado puede ser vivir con esta enfermedad? Digo, a la final todos nos vamos al aguajero. Es temporada de muerte. Está en boga el dichoso tema. Gente quemada en la calle por un enemigo invisible y yo aquí sufriendo por otra tontería que agarré hace rato. Recuerdo que en Guayaquil las cosas estaban mejor con Marlena.

Tal vez la contagié. La costumbre de no usar los preservativos todo el tiempo. ¿Alguien toma en cuenta las medidas de seguridad al pie de la letra? Creo que nadie que conozca. Y las cosas siguen su ritmo sin mirar atrás. Aquí en donde nunca pasa algo. Al parecer, ahora todo sucede. Para navidad llegó de visita Isabel.

Me protegía para no cuidar de un pequeño bastardo, pero nunca me cuidé para evitar estas mierdas. Claro, si consideras que un hijo es como una enfermedad que te atrapa durante un buen tiempo y consume tu vida. Podría imaginarme esa puta cosita en el transporte; mezclándose con los fluidos de gente que va de un punto a otro sin lavarse las manos. Pero no, no es tan fácil contagiarse, pero es tan simple que llegue a tu sangre y, empieces a morir a toda velocidad. Cuando se lo conté a Isabel quedamos en que no era culpa de nadie. La culpa fue del motel y su yacusi.

Ahora solo queda esperar, el tiempo se alarga y en recepción luchan por encontrar mis resultados. Desearía estar en Guayaquil quemándome. ¿Estaría contagiado de lo mismo? Es como la caja con el gato de Schrödinger. Mientras no me entreguen ese sobre puedo estar sano y enfermo al mismo tiempo. Esta sensación es similar a la primera vez que conocí a Irene.

Sí, ojalá me hubiera rechazado tantas veces. Me encontraría en el mismo estado, pero sin deberle explicaciones a alguien más. En fin, la situación es esta. La recepcionista desaparece por el pasillo con la carrera apurada. Diría que le chorrea el sudor por la frente sino fuera porque, aquí todo es frío. Regresa la recepcionista. Desde su puesto me dice:

– Joven va a tener que esperar un poco más. Estamos revisando todo el archivo.

No le respondo como debería. En su lugar asiento con la cabeza. Regreso la mirada a la pantalla gris. ¿En realidad te pueden pagar mucho dinero por tener el cuerpo operado y bailar como idiota a cada corte? Y no, no me refiero solo a las mujeres, hay mucha mierda de eso en estos días. Me refiero a todos. Idiotas que se empapan de hormonas para tener músculos y exagerado bello facial. ¡Vamos muchachos! en unos años tendrán los huevos del tamaño de una canica. En fin, eso viene incluido en el paquete de la idiotez. Conozco a una mujer que podría partirles los brazos a esos sujetos “masculinos”. ¿También contagiaría a Ester?

Sí, la conocí esa noche. La chica guapa y alegre de la Costa. En esos días, mantenía aún mi relación con Isabel, pero luego de varias peleas, terminó. Parecía ser el fin cuando le conté lo de Ester. Pero, bueno, ella quería la separación y tenía sus razones. Después de la ruptura busqué a Ester y la llevé a un hotel.

Semanas después terminamos en el mismo parque. La razón: regresé con Isabel, no quería darle falsas esperanzas y jugar con ella. Lloró lo suficiente. Unos años después cuando había terminado una vez más con Isabel y me preparaba para regresar a la universidad, Ester me contó por mensajes que tenía cáncer. Tal vez, de ahí viene el virus y la enfermedad. Pero no la puedo culpar.

– ¿Por qué no encuentran mis exámenes?

-Estamos en eso joven. Siéntese ya le llamamos.

Las cosas como son. Se acercaba el final de la vida normal. Eran los primeros días de enero, estaba aburrido del ocio en la casa de mis padres. En unos días regresaría a Guayaquil. A veces, las redes son lugares apropiados para conocer gente con tus mismas aficiones. Esa noche conocí a Alejandra.

-Sí…sí… soy yo― contesté a la recepcionista con apuro.

-Encontramos sus exámenes.

Intenté ver el resultado cuando lo doblaba para meterlo en el sobre. Estaba a punto de entregármelo cuando apareció la doctora, me saludo levantando la mano. Cogió el sobre y con una señal me pidió que la siguiera.

A todo esto, Irene debe estar por matarme. Ella se fue hace meses de la ciudad. Nos vemos cuando hay tiempo para salir y las restricciones por los nuevos brotes no dificulten la movilidad de ambos. La ultima vez la llevé a un hotel, dormí toda la noche hasta ver el amanecer con Irene.

El mismo día me pidió Isabel hablar conmigo. Cuando la lleve al parque del Sueño, de sus ojos partieron río abajo lágrimas que recorrieron su piel. Dijo que había estado embarazada sin darse cuenta ― terminamos hace cuatro meses definitivamente, cuando apareció Irene― y el hijo era mío. Ahora, tengo la obligación de contarle que estoy enfermo y ella también o tal vez no. Existe esa pequeña posibilidad aún.

-Siéntese― dice la doctora señalándome la silla blanca de plástico.

La doctora es joven y bastante atractiva que a veces se me olvida que cargo con esto en mi cuerpo. Toma el sobre y lo abre. Es fácil ver el dictamen en esos exámenes. Es un simple positivo o negativo.

-Le voy a decir lo que vamos a hacer

 

Autor: Karloz Aguayo