Ella me dijo en mi oído izquierdo: no dejes nada (de mí) para mi futuro marido, termina conmigo, hazme tuya hasta que me salga el corazón por la boca, y me desparrame entre tu cuerpo.

No contesté nada, solo le levanté el vestido (inmaculado) de novia, le bajé las bragas, y la penetré como nunca, fue algo así como un cabalgata sexual, donde los gritos, gemidos, susurros, nos hacían ser más dichosos.

Nuestros cuerpos se atrapaban se alejaban; sudábamos, respirábamos, gritábamos, mientras allá afuera, preparaban todo lo referente para la ceremonia religiosa.

Todo tu odio descárgalo en mí, en mis carnes, en mis huecos, me gritaba la bella mujer, mientras continuábamos haciendo el amor. Déjame en los puros huesos, que mi sangre fluya como un río embravecido, que el placer sexual me deje iluminada.

Creo que se refería a que el novio era mi hermano.

Autor: José A. Capaverde
El Seis
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