Hay un mar que borbotea en tu garganta.
No tiene absolución.
Hay una dirección hacia mi libertad,
la descubro agarrado de tus manos.
Voy caminando a prisa hacia ningún destino,
atravieso la estación que arriba a ninguna residencia
que me lleva tomado de los hombros.
No ceso de crisparme, no dejo de buscarme,
de indagar por aquellas manos cálidas;
de pretender la pronta absolución de mis viejas querellas.
No dejo de seguir hurgando en la profundidad de los silencios,
a fin descubrir cual es mi culpa.

Alzo mi abatida voz, percibo tu congoja.
El mapa ensangrentado, el manto traspasado.
Hay un mar que se ventila en la venida virulenta,
que se desangra, echa a correr sin rumbo;
se desvive, desvía su destino, festeja su desidia.
Es triste el mar cuando regresa sin saber cuál es su nombre,
es triste cuando se acuesta con la lengua estropeada, ensombrecida;
cuando se acuesta con las heridas en la frente,
en las piernas, en los brazos, en la lengua;
es dolorosa su nostalgia.

Es triste el mar cuando regresa cabizbajo a remendarse sus lesiones;
cuando regresa con las palabras aturdidas, aquejadas de inclemencias;
es doloroso cuando se acuesta con la lengua boca abajo.
Es doloroso el mar cuando regresa con el rostro acribillado y no se acuerda
que solamente está lamiéndose las piernas sudorosas
cuando regresa con la memoria amordazada,
con su lengua pudibunda a lamerse las heridas.

Autor: Manuel Ortiz Pullaguari