A ella, a mi gran amante de mi corta vida. A ella, la que me dio la mejor noche de sexo hace un par de años. A ella, la que duerme a lado de sus amigos inanimados. A ella, que acarició mi corazón y abrazó mi alma extinta, a mi espíritu extraviado. A ella, que fui la última persona que amó.

A ella, a quien dediqué mis cursis poemas y pensamientos de amor. A ella, que cuando creía en santos y demonios, le pedí a un tal ángel de la guarda que te cuidara y el mal nacido me falló. Ahora ella descansa en un sueño infinito y profundo, no siente la tristeza de mis ojos que derraman recuerdos y se deslizan por mi mejilla hasta llegar al centro de mi nostalgia y depresión.

A veces cuando llevo flores a su sepulcro olvidado la luz se suicida al filo de la luna, abro mi viejo cuaderno donde escribí nuestra historia a la voz de poesía con la tinta sangre de mi pecho y me pongo a recitarle a la nada, al vacío, al viento, a su cuerpo marchito que reposa en el ataúd de mi amor infinito, enardecido le grito a un buitre que me mira temeroso, al cuervo de Poe que lo encontré “posado, inmóvil y nada más”.

Intento tomar en mis manos a un pequeño búho de la tristeza que acompaña mis poemas con melodías solitarias, sujeto furioso a mi cigarrillo consumido por el viento y odio a los gusanos que se alimentan de su carne.

Cuando cierro los ojos aún la veo acariciando mi cabello, escuchándome con timidez, dueña y señora de mis sueños y pesadillas. A ella, a la que no dejo ni descansar en paz. A ella, simplemente a ella, mi poesía.

Autor: Alex Carrión