Entre mis hoyuelos de Venus quedó grabado
un dibujo de tonos rosas, celestes y negros,
más allá de un sueño recurrente,
me fui convirtiendo en un lienzo
para sus bocetos de acuarela,
fueron días que nunca pasaron
pero la piel, tampoco, miente.

Cada noche un color se conjugaba
con la palidez de mi textura;
el rosa era el rubor de un cielo tímido,
el celeste escondía un mar paralelo
a los contrastes negros de su lápiz.

No era un artista, ni un amante de paso
tampoco uno de esos amores eternos,
era, más bien, como un pretexto para escribir,
un verso en claustro entre sus retazos y mi prosa.

Le encantaba dibujar en noches de garúa
la niebla lo envolvía y eso lo estremecía,
sus manos de orfebre frías y suaves
nunca buscaron calor dentro de las sábanas
solo querían trazar mi cuerpo como una obra de arte.

Sus bocetos eran poesía en contravía,
atajos de ciertos eventos desafortunados
para renunciar lentamente a su voluntad
como un siervo de fe perdida y cautiva.