Ya no escucho más gritos reprimidos
en la orilla del río, esas voces se convirtieron
en melodías protestantes de doce compases,
los acordes de una guitarra acariciada
por dedos esclavos van contando la historia
de un caballero de traje azul.

Cuerdas lastimeras han seducido
el frenesí de las estaciones del tren,
notas melódicas y crudas poetizaron
el silencio de callejones vacíos,
progresiones armónicas usurparon
el caos de una ciudad desgastada
y versos sedientos de respuestas,
galoparon entre copas de vino seco.

Pero, ¿quién corteja a la noche
con peripecias galantes?,
en tiempos de ilusiones perdidas,
el andar de los tacones iba desnudando
realidades en contra de lágrimas austeras
que recorrieron mejillas de color,
gotas injustas y amargas.

Aquel hombre anónimo busca
entre sombras de neón y añoranzas
a su compañera de madera,
mujer leal de curvas cautivantes para recordar,
en cada luna menguante, el canto de sus hermanos
entre ritmos mustios de blues.