Una vez al año los guayacanes despiertan a la vida con las primeras gotas del invierno tardío, aquellos árboles empiezan a engalanarse con pequeños botones florales de color amarillo después de abrazar el otoño, un otoño extraviado en el tiempo.

Una vez en la vida, tenemos la oportunidad de escuchar, tan cerca de nosotros, suspiros que los acariciamos con los labios pero los dejamos ir con el viento, besos que no descansarán en la piel.

Y en ese cuadro perfecto la supo encontrar, ella era descomplicada y desafiante al reloj, sus ojos de color café destacan en medio de aquellos pétalos narcisistas y sus labios de color rosa florecen junto a una estación primaveral que dura, apenas, cinco días. Él es compañero fiel del silencio, contrastante de los guayacanes y poeta de versos clásicos en una época de romanticismo extenuante.

Al caer el sol se refugiaron en una carpa, entre hojas de color y el aroma delicado del bosque, se recostaron mirándose profundamente a los ojos, conversaron de su viaje de más de nueve horas, de los caminos que han tomado, de recuerdos latentes y, sin palabras, se contaron sus más íntimos deseos.

Envueltos de miradas, latidos que no caducaron y sueños vacantes, cerraron sus ojos hasta el amanecer para continuar con su travesía por aquel bosque encantado.

Al despertar, él se encontraba en su habitación y ella era un sueño, un sueño que aún no pretende ser real.