La noche se condensa al ritmo sofocado de mis latidos, el silencio es un arma blanca que acaricia las cicatrices al son de una trova descontinuada, los sueños se desvanecen con la insistencia de un insomnio trémulo. Aquel se disfraza de gato para maullar a una luna ausente, entre recuerdos incautos y promesas febriles irrumpe en mi habitación cada vez que está por caducar una de sus siete vidas.

No puedo dormir antes de medianoche porque en contra del último ápice de lucidez que me resta de la rutina lo espero con temor de mirarlo a los ojos y a veces lo espero con un deseo inhumano de desnudar sus pasos.

Ese momento se presta como un fragmento de alguna película muda, mi voz se convierte en sudor frío a medida que va comenzando un nuevo día entre las pavesas del ayer. No lloro más, no me oculto bajo mis sábanas húmedas, ya no le rezo a santos infames.

Solo cierro los ojos y me imagino en el interior de una montaña, abrazando mis raíces con la nostalgia rota de volver a ser semilla sin propósito en sus entrañas. Pero lo eterno dura exactamente tres parpadeos; el primero convierte todo en una visión miope, el segundo va degradando cada color hasta llegar a un solo tono níveo y con el tercer parpadeo naufragas en una ceguera anunciada.

No sé si estoy despierta o dormida, todo mantiene un color negro mate hasta que aquel intruso está de visita, casi como un cuerpo inerte se recuesta a mi lado, coloca su gélida mano sobre mi pecho y me devuelve la vida; él se convierte en escarcha y el único recuerdo que queda son los estragos que deja una mala noche.