La noche se vuelve más serena
con el danzar de los adoquines sueltos de la urbe,
ese estrépito se asemeja al sonido de una marimba mustia;
poesía dedicada al último funambulista que se atrevió a caminar
por el frágil horizonte con el afán de escapar de la realidad.

Pies de zascandil has caminado por una cuerda floja
desde que dejaste el seno de tu madre,
el viento te ha llevado a encontrar un sur lóbrego
entre la disrupción del tiempo y la pervivencia de los sueños.

Pero, ¿qué te alejó de tu hogar?,
la curiosidad de desmentir a la brújula
o la simple terquedad de alcanzar el cielo sin alas.
No importa, ahora, ya no cuentas tus pasos,
solo resistes como la caléndula cada sequía.

En un nuevo atardecer recuerdo tu inocencia
al verte buscar formas absurdas en las nubes
en aquella esquina donde el amanecer
guarda todos los secretos de medianoche
y los condensa en esas gotas vírgenes
que acarician los pétalos durante el alba.

Respiré profundamente y al abrir de nuevo los ojos
no quedaron ni las pavesas de tus huellas inquietas de sol,
ni tu postrero suspiro después de pronunciar mi nombre,
tan solo te desvaneciste entre un intermitente parpadeo del ayer.