A veces, a ratos, a lunas
el amor nace, reniega y sucumbe
entre magia, recuerdos y desvelos.

Florece en marzo y para agosto
inventa una nueva estación de tren,
después de la parada otoñal,
reverberan aquellas hojas secas,
raíces sin tierra, sedientas de savia.

Se encienden los pajonales
a merced de la brasa de tus entrañas,
tu saliva fecunda las montañas sureñas
y la miel de tu ser recorre los surcos andinos
de mis caderas traviesas.

No llega el amanecer, el limbo cierra sus puertas
porque en tus brazos el pecado es mi única salvación,
tu piel es el testaferro de mis versos, de mi aliento.

¿Ha regresado mi fe?,
a veces, a ratos, a lunas
la siento vibrar en mi pecho,
pero arde cuando, de rodillas,
me confieso ante el páramo.

Fotografía por: Cristina Cevallos