Colaboración XXVI: Oscuridad

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Observaba al cielo, la luz es blanca y cegadora. Refregaba enérgicamente sus ojos con el dorso de sus manos, el albor intenso tomaba distintas formas y colores. Grandes montañas se levantaban en el horizonte, con sus cimas nevadas, aunque no podía sentir frío en su piel; más cerca grandes árboles saludaban al sol y se inclinaban ante una leve brisa, aunque sus cabellos apenas se movían. Miró al piso y observó sus pies descalzos sobre la hierba, era verde y estaba bañada de rocío, pero no sentía la humedad. Caminaba deleitado en aquel paraje, mirando todas las formas y colores, las pequeñas florecillas amarillas, los blancos dientes de león; aves iridiscentes, rojas, azules, púrpuras, verdes; desde el pequeño colibrí de pecho color esmeralda, que revoloteaba velozmente entre flores radiantes al imponente gavilán de plumaje pardo y gris que caía en picado desde las nubes.

En medio de la verde hierba alta estaba un niño, su cabello oscuro caía sobre su frente, su piel estaba quemada por el sol y vestía con ropas extravagantes, una camiseta que algún día fue azul, pero ahora tenía manchas de lodo y pasto, sus pantalones grises tenían máculas de todos los tonos y colores. El pequeño niño jugueteaba con una pequeña pelota de color amarillo, la lanzaba al cielo y corría tras ella para atraparla. A veces, la pelota caía lejos de él y se lanzaba para alcanzarla, llenando su rosto de tierra y tonos marrones.

Decidió sentarse en una roca para observar al niño, sentía en su corazón un enorme sentimiento de felicidad al verlo, un inmenso amor nacido de lo más profundo del ser, la sensación de querer abrazarlo y cuidarlo mientras la vida le de energía. Reía a carcajadas, lágrimas caían de sus ojos y decidió llamarlo a vivas voces. Jugaba con él, se reían y se fundían en un abrazo profundo; le parecía extraño no poder sentir la textura de su cabello o de su piel, o que su voz es apenas audible, no importaba pues en ese abrazo infinito no necesitaba sentir más que lo que sus ojos pueden transmitir.

El niño rompió el abrazo y salió corriendo, al principio pensó que era un juego más del muchacho, pero no volvía y se alejaba cada día más. Salió corriendo tras él y gritando su nombre en voz alta, entre más corría más gris se volvía el paraje, los tonos vivos se convertían en un mar de grises y sus pisadas sobre la hierba se escuchaban más grandes, más caóticos y caminando entre las tinieblas notó el frío que venía de las lejanas montañas y el viento sobre su rostro, su voz se escuchaba más fuerte y ya no podía escuchar el eco del niño. Tropezó con una piedra camuflada entre la hierba gris.

… En la radio se escuchaba un antiguo yaraví, en sus lentos y sentidos compases abrió sus ojos, no hay luz, no hay tonos, no hay sombras, ni siquiera el gris. Refriega sus ojos con el dorso de sus manos, intentando que el color reviva sus ancianos ojos, ¿dónde han quedado las montañas, los árboles, la hierba y las flores? Han sido ahogadas en aquella profunda nada, una nada oscura ¿dónde está aquel niño? Se preguntaba mientras caminaba orientándose con sus manos, en un viejo estante descansan viejas fotografías de aquel niño, que hace mucho tiempo ya se olvidó de él.

Se sentó en un pequeño mueble en la ventana, el sol de la mañana caía en aquel mueble y el calor le reconfortaba. Exhaló un profundo suspiro, todas las noches sueña con lo mismo y se pregunta: ¿es esta vida un sueño, o el sueño es aquello que llamamos vida?

Colaboración de Omar Olmos (Latacunga, Ecuador) 

Firma LSB-01

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