Epitafio 30-XIII/19

diente-de-leon-fuego

Han pasado cincuenta y dos semanas desde que aquella dama vestida de negro me sonrió y entregó una carta sellada junto a una nota que decía: “Ábrela después de trescientos sesenta y cinco días más, mi amada alma.” He sido obediente con sus palabras pero confieso que la impaciencia ha pintado de insomnio algunas noches, en las cuales, solo he podido escribir retazos de poemas mal rimados y cuentos ajenos que he vivido con los párpados cerrados.

Cada noche de desvelo he intentado escribir este epitafio pero solo he purgado en mi memoria anáforas de dimisiones y letras platónicas que desnudan una presencia indómita para poder volar con dieciséis alas versadas durante este año; he llegado al cielo más casto entre las montañas y he bebido el vino carmesí más dulce sin pecado.

Después de los dulces sueños, llegó un nuevo treinta de agosto, entre episodios de ansiedad y estrellas fugaces. Arrugué aquel papel imperativo y con mucho cuidado deslicé una cuchilla pequeña por el borde superior del sobre, pero antes de abrirlo completamente, un susurro erizó mi piel y la carta empezó a quemarse.

Irónicamente, sople las pavesas de la carta después de pedir un deseo, ¡feliz nacimiento!, las cenizas se quedaron danzando en el viento hasta convertirse en una sombra con figura de mujer. Ahí estaba ella, parada en frente de mí, lucía diferente; sus ojos tenían un brillo iridiscente pero su mirada seguía vacía y cansada de contar almas cada luna menguante.

Extendió su mano y me enseñó tres vilanos de diente de león. La picardía de su sonrisa no me seduce más. Ella quería negociar; mi último verso a cambio de tres deseos concedidos por la magia de aquellas plumas de hierba adventicia. Una propuesta poética, confusa, sustancial y romántica.

Hemos tentado al tiempo entre juegos de azar y sonrisas pérfidas, ninguna de las dos ha ganado pero tampoco hemos perdido. Le entregué el primer libro que leí, un poemario de pasta desgastada con hojas de papel scritta y solo acepté un vilano, un deseo que lo consumiré durante los nuevos primeros siete meses que me restan antes de escribir mi último verso en forma de epígrafe.

¡Ella, tan cínica y fascinante a la vez!, se desvaneció como esa oscuridad cede ante los primeros rayos del alba con delicadeza y dejando una fragancia de café amargo en mi habitación.

Firma LSB-01
Foto de Henry Be en Unsplash

4 respuestas a “Epitafio 30-XIII/19

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