Colaboración VIII: El peral

pera

Todas las tardes cuando el reloj marcaba las tres luego del meridiano, luego de tomar un largo vaso de agua y su amarga medicina, se sentaba junto a la ventana, a perder el tiempo decían algunos, pero nadie más que él sabe lo que ocultaba aquella ventana.

Desde el cristal se podía observar un verde prado y un peral que casi siempre estaba cargado de delicado y perfumado fruto, las aves se daban un festín con las peras caídas en el prado. Si él pudiera correr llegaría a ese árbol, treparía, jugaría y comiera la dulce fruta; pero sabe que no puede, su mundo son los libros que hablan de tierras lejanas y aquel prado.

Hace tiempo que su vista lo acercó a un mundo nuevo, pues detrás del peral había otro cristal, la ventana de una pequeña casa amarilla. Detrás de ese vidrio también se sentaba otra persona, una muchacha, pero ella no perdía el tiempo observando la nada; sino que sacaba sus lápices y dibujaba la realidad que se encontraba en las fronteras de su mente, donde nadie puede saber todo lo que se encuentra. Pero ella tampoco salía jugar al peral.

Pasaron meses y aquella señorita de cabello corto, rostro pequeño, grandes ojos, nariz delicada, labios rojos y manos delgadas seguía pintando todas las tardes observando el peral, se había acostumbrado también a la presencia de su compañero observador: un muchacho menudo y de cabello negro azabache, que tenía la mirada perdida y cuando sus profundos pensamientos lo permitían sus miradas se cruzaban y ella esbozaba una sonrisa cálida, él hacía casi lo mismo y miraba la concentración de la pintora, la fuerza de cada trazo, la delicadeza que ponía al sombrear, hasta imaginaba escuchar los suspiros cuando la pintura iba mal y la risa tímida al terminar la obra.

Él no se atrevía a salir, su corazón era muy frágil y aquella amarga medicina le retrasaba el momento nada más, la muerte siempre le esperaba. Ella le temía a aquel vasto mundo, lleno de sombras, perdido y decadente. Las fronteras de su mundo se cruzaban en aquellas miradas, era como una conversación que no se atrevían a entablar, un diálogo silencioso de dos almas apartadas en este vórtice de inquietud.

Estaba harto ya. La boca le sabía amarga y no podía dormir. Todas las noches se retorcía pensando en los tormentos de la muerte, pero cuando se rompía en lágrimas entendía que él no estaba viviendo, solo aplazaba el momento de aquella cita innegable con la señora del Averno. Cuando podía dormir de tanto llorar comprendía lo insignificante que era él en el mundo: nadie lo recordará, pocos lo llorarán y el resto serán hipócritas levantando falsos lamentos, ni siquiera la señorita de la casa amarilla, quizá le extrañe unos días y luego lo olvidará, solo los gusanos le tendrán un lugar especial. Así que decidió no aplazar más aquel encuentro, no terminaría con su vida solo dejaría de cuidarla, agarró la medicina y la tiró en el inodoro, el remolino se llevó las drogas y el extrañamente sonreía.

Al amanecer las aves cantaban desde el peral y su melodía traspasaba el cristal de su alcoba, entonces la miró. Ella sentada bajo la sombra de aquel árbol, con unas láminas apoyadas en sus piernas y mordía los lápices, buscaba algo que impregnar en aquellas láminas en blanco. Lo interpretó como una señal, se cambió tan rápido como pudo y salió de su casa; caminó descalzo sobre aquel prado y tomó una fruta del peral. La señorita sonrío a modo de saludo y el respondió de la misma forma, nadie se atrevió a preguntar el nombre de su acompañante, solo se sentaron juntos en silencio bajo la sombra del peral. – ¿Quieres que te retrate? -preguntó ella rompiendo el silencio y el asentando con su cabeza aceptó la oferta.

Ella lo miró algunas veces y empezó con su labor, mientras más avanzaba el retrato más débil se sentía él, el corazón le ardía y su brazo izquierdo estaba entumecido, pero su rostro se mantenía sonriente, apoyó su cabeza sobre el hombro de la señorita y ella sintió el calor de su respiración agitada mientras él poco a poco se fundía en las sombras, rodeado de belleza, de un sol gentil, del melódico trinar de las aves, del aroma de aquel peral, de la presencia de ella, de quien nunca se atrevió a preguntar su nombre… y cerró sus ojos por última vez.

-Muchacho, terminé- expresó ella con voz dulce cuando lo miró dormir para siempre, no sentía el calor de su respiración sobre la desnuda piel de su hombro, con cuidado colocó su cabeza en el tronco del peral y corrió a casa en busca de ayuda, al poco tiempo los padres del muchacho se llevaron el cuerpo inerte. Ella no fue ni al réquiem, ni caminó junto al ataúd hasta el cementerio, ella logró capturar su esencia, su paz, su felicidad mientras él contemplaba la belleza en su máxima expresión, en las simples cosas.

Su retrato cuelga junto a la ventana de la casa amarilla frente al peral, de vez en cuando los profundos pensamientos de la señorita de cabello corto le permiten cruzar la mirada con el retrato y ella sonríe complacida, iniciando un diálogo en silencio que nunca se atrevieron a entablar.

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Colaboración de Omar Olmos (texto)
Latacunga, Ecuador

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FB: Omar Olmos Martínez
IG: @omarolmosdrizzt

_Letras Sin Bragas” es un espacio de creación literario independiente, en el cual, se comparte versos escritos desde la alcoba, cartas sin destinatarios, poesía dedicada a los secret

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6 respuestas a “Colaboración VIII: El peral

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