Ella se llamaba Ana

 

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Un día más o un día menos, un instante de vida más o un instante de vida menos, un suspiro más para convertirse en cómplice del viento o un suspiro menos para volar. No importa, porque al final del día, ella vuelve a encontrarse hasta los huesos consigo misma.

Cuando se mira al espejo, solo encuentra el reflejo de quién no quiere ser, está atrapada en un cuerpo de más de 30 kilos, convirtiéndose en la cena de ayer, en un espécimen calórico; 18 calorías de lechuga, 172 calorías de salmón ahumado y una caloría de té para sentirse mejor.

En estos últimos años, su única amiga ha sido la báscula del baño, es quién le dice lo que necesita saber, su peso es la razón por la cual es una marginada social, piensa que debe llegar a un peso ideal para que él la pueda ver como una chica hermosa.

Caminando por la acera solo encuentra miradas impregnadas de desdén, pupilas dilatadas de rechazo, sonrisas falsas, expresiones que dicen más de lo que callan, esas personas que la observan tienen miedo, quizá no comprenden, o tal vez, llegan a sentir asco de su aspecto.

En ese trayecto que separa su casa con la realidad ha llegado a convertirse en un ser insensible de lo que sus latidos dictan y solo quiere llegar a ser aceptada por aquellas personas que no dejan de mirarla.

Su vida es un universo totalmente diferente al de los demás, cada día trata de luchar una batalla interna para no marchitar, en donde, cada vez sale perdiendo más de lo que puede ganar.

Tú no estás en su cuerpo, tú no llegas a comprender que la belleza está en lo ves, tú no entiendes, lo que es despertar cada mañana y desconocerse, comer hasta saciar el hambre y luego verla meter sus dedos hasta el fondo de la garganta para vaciar la culpa y la miseria que lleva dentro.

Me ha confesado que el sonido de las arcadas diarias es la única razón que tiene para no enloquecer por el ruido que hacen los complejos, esos monstruos que solo critican y la definen como un objeto de burla, aquellos complejos que crean cicatrices en la piel y grietas en el corazón.

Cuando la ves, sé que te preguntas, ¿Quién es ella?, y te podría responder que es la chica que llora cada noche porque la ignorabas, es quién realiza ciento cincuenta abdominales sin descanso cuando saborea por error una galleta con gotas de chocolate, es quién poco a poco está perdiendo su condición de ser mujer, es quién abraza sus 24 costillas cuando la soledad no la deja respirar, es quién ha perdido fuerzas para conseguir un ápice de aprobación y es un alma pura en un cuerpo inerte.

Lo ves, simplemente, te podría responder eso si hubieses encontrado sus ojos en medio de la nada. Pero no, en vez de eso, solo te diré que ella se llamaba Ana.

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Camila Valle

 

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4 respuestas a “Ella se llamaba Ana

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