Epitafio 30-XIII

A los treinta días de agosto escribí mi epitafio en mi diario. Otra vez la Parca apostó trescientos sesenta y cinco días siderales más por mi último verso…

En la octava hoja de mi cuaderno está mi epitafio. Ella me prestó su bolígrafo para escribir aquel contrato, en cada punto escupía tinta roja con aroma a pétalos secos, mientras escribía más de trescientas cláusulas, ella esperaba, paciente y silenciosamente. No decía nada, ni trataba de adelantar el tiempo, solo esperaba hasta que termine de escribir.

A cada letra la veo más cercana, parece una sombra con perfume de mujer, será más bien, un ángel caído sediento de un cuerpo humano para vivir. Antes de escribir las últimas palabras, la noche se tornó más negra y su bruma inundó mi habitación. Ella empezó a recitar una oda hacia la muerte mientras el sol empezaba a reclamar su lugar en el cielo.

Ese día, antes de finiquitar aquel pacto mundano me puse el vestido más hermoso que encontré entre mis harapos descosidos, delineé el horizonte de mis ojeras y maticé mi mirada para salir a bailar bajo la lluvia. Salí a vivir ese día como si fuera el último de mi vida. Aunque la Parca esperaba en mi alcoba, no importó el después.

Y después de 23 años sigo aquí, riéndome un poco de aquella desgraciada. Ella aún no tiene mi último verso y yo sigo escribiendo mi epitafio hasta el siguiente 30 de agosto.

buho
Camila Valle
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