El Chico que se perdió entre Letras

La vida se compone de arreboles y sombras, de prosas y sonetos, de letras dedicadas y de inconmensurables cartas sin destinatario.

Ella cada noche lo moldeaba en su cuaderno de letras, dibujaba cada rasgo de él; su oscuro cabello, sus ojos de color capulí, el horizonte que formaban sus labios, de su limerencia, de sus torpes y sudadas manos, de su rítmico caminar al son de la última canción que sonaba en la radio; pero en cada verso, siempre leía acerca de su sonrisa. Noche tras noche, esa acendrada sonrisa se convirtió en la protagonista de sus mejores poemas.

El tiempo pasó sin compasión, y, un día sin previo aviso, la armónica melodía que cantaba su lápiz se envolvió en crudos silencios, ese cuaderno no recitaba más, opacó cada centímetro de su ser; esa inefable sonrisa, inspiración de cuentos sin fin, desapareció, las hojas quedaron en blanco. Ella caminaba sin pensar en sus pasos junto a su soledad como compañera, y aquel cuaderno se quedó callado en el rincón más nostálgico del primer cajón de una cómoda de vieja madera; ella y su cuaderno no volvieron a encontrarse.

Una noche, mientras ella dormía; entré a su cuarto, abrí el cajón, tomé su cuaderno, lo llevé al lugar donde el alba acaricia las colinas más altas de la ciudad. Y le pregunté ¿Qué pasó?

Al abrirlo, la luminiscencia del cuaderno me lo contó todo, aquellos inmarcesibles versos perecieron entre líneas y el resto de hojas en blancos permanecieron en un estado ataráxico. Cerré el cuaderno, y con los ojos humedecidos susurré; éste no es el fin, y el viento resopló; ¡Ojalá!

b1
Camila Valle

Deja un comentario